El mayor mal de nuestros tiempos. O quizá no. ¿O sí? No lo sé. Creo.

La verdadera maldición de la sociedad (urbana) contemporánea no es el stress, ni la contaminación, ni las enfermedades, ni la delincuencia. Es el absurdo requerimiento de llevar la ropa planchada.

Planchar la ropa es una actividad que repudio de tal manera que estoy comenzando a pensar en dedicarme profesionalmente a ello. Suena paradójico, pero en realidad lo es.

Para comenzar: ponerme a planchar la ropa, abandonando tantas otras cosas que podría hacer, como leer, programar, poner un post en mi blog, y muy particularmente cuando el objetivo último es cumplir una norma social que me parece absurda, requiere fuerza de voluntad. Es un buen ejercicio de disciplina, o (no lo quiera dios) de enajenación.

Una vez plancha en mano, la impenetrabilidad de la tarea la vuelve casi inabordable. ¿Qué puede haber de mayor dificultad que hacer pasar un objeto tridimensional, plegable, flexible y -sobre todo- arrugable entre dos superficies planas (una de ellas peligrosamente caliente) con la única finalidad de hacer desaparecer las arruguitas? Se plancha una manga mientras la otra, la recién planchada, se vuelve a arrugar. Al final se vuelve un ejercicio también de discernibilidad del éxito. No se ha terminado de planchar una prenda cuando ésta se encuentra perfectamente lisa, sino cuando lo parece.

Durante el proceso, la mente diverge (al menos la mía) y se aplica en dos grandes grupos de ideas. Por una parte, la necesidad de crear métodos de planchado. De identificar las variables del planchado, y de dominarlas por medio de la técnica para facilitar el resultado. Por otra parte, la oportunidad de divagar ante ese mar de tiempo que debe aplicarse a cada camisa, junto a los sendos mares de tiempo de los pantalones. Pues más otra cosa no plancho, sépase. Así que la ocasión de ser simultáneamente pragmático e idealista resulta fascinante, quizá en la medida en que la observación de tal oportunidad es autoreferencial: es ella misma pragmática (para no perder el tiempo) a la vez que idealista.

Finalmente, pero no por ello de menor importancia, está la lección de humildad derivada de hacer esto por uno mismo. La plancha plancha la ropa, y plancha las categorías. Desarruga las ideas, las propias y las ajenas. Desarrugo las axilas de mi camisa y en la misma pasada desarrugo mi cisura de Rolando. Y desarrugo un poco mi ego, para que quede un poco presentable. Plancho mi propia ropa, y me siento orgulloso, y me parece que nadie de sufrir esto por mis camisas y mis pantalones.

Si, en definitiva: si planchar no fuera tan difícil, sería más fácil hacerlo. Y entonces sí que me dedicaría a ello.

  1. #1 by Julio on December 13, 2006 - 16:22

    El pragmatismo: Yo hago outsourcing de tan noble actividad… y así será mientras pueda hacerlo.Pero para lavar la ropa, nomás en casa y eso es harina de otro costal😉

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