¿Quién?

¿Quién?

No quién soy, esta vez no. No quién eres, ni quién fue. Simplemente: ¿quién? Yo lo sé, ya lo sé: algo falta. Qué vanamente seguros estamos, al parecer, del significado de las cosas. El lenguaje es causa y efecto del pensamiento, de lo social, de lo humano. El atentado de renunciar al lenguaje es, entonces, inhumano.

Quién, noción abstracta, veta a explotar para extraer el mineral poético. Alguien cruzó el mar buscando. Y no soy yo. Alguien lo cruzó hace sesenta y nueve años, y en la dirección opuesta. Alguien que en ese viaje portaba el nombre de Pedro Garfias escribía:

España que perdimos, no nos pierdas;
guárdanos en tu frente derrumbada,
conserva a tu costado el hueco vivo
de nuestra ausencia amarga

que un día volveremos, más veloces,
sobre la densa y poderosa espalda
de este mar, con los brazos ondeantes
y el latido del mar en la garganta.

[…]

pueblo libre de México:
como en otro tiempo por la mar salada
te va un río español de sangre roja,

de generosa sangre desbordada
Pero eres tú esta vez quien nos conquistas
y para siempre, ¡oh vieja y nueva España!

¿Quién escribió esos versos? ¿Fuiste tú? No fui yo, no recuerdo haberlo hecho. ¿Fuiste tú? ¿Por qué no? Lo único que te separa de haberlo hecho es la imposibilidad de haberlo hecho. Lo único que me separa a mí de haberlos escrito es que no lo hice. Pero hoy, al descubrirlos, al leerlos, tuve que enjugar mis ojos. Desde ese momento son míos, como si los hubiera escrito yo mismo.

Tengo una herida, que se agranda día con día, por la que sangra mi alma. O sangraría si existiera, si aún quedara rastro suyo tras el largo drenado. Y por esa llaga que no cierra lo que queda de mí es un contenedor vacío, un idiota que se mira ante un espejo y cree recordar que… no lo sé, algo recuerda. Recuerdo que me angustiaba ante la vacuidad de carecer de una esperanza. Lloraba porque mi destino no era trágico, porque el sentido de la existencia no había sido puesto de manera patente frente a mí. Maldije a los dioses porque me hicieron llegar al teatro de la vida cuando ya la representación había concluido. Tarde, como siempre, ajeno, como siempre, ignorante y francamente superfluo, como siempre.

Hoy iré a la cama sin sueño, lo que sin duda me ganaría una maldición de Sabina y el desprecio de Benedetti. Y mi propia maldición y mi propio desprecio, si de algo valen.

¿Qué me falta? Una dosis de sentido. Un motivo, un éxito, una esperanza. Un milagro, una bella muerte, una palmada en la espalda. Un viejo auto convertible, quizá, y mi juventud restaurada. Un vaso de vino, pan y queso, y la sorpresa ante lo bien que combinan. La paz. Me hace falta la paz. Acallar al pequeño monstruo que llevo en mi interior, a la vocecita que me dicta la línea de mis ideas. Mi inocencia. Extraño a mi inocencia. La magia de la magia. Es raro que el sentido tenga tanto que ver la falta de sentido. No tiene sentido, y por supuesto que lo tiene.

¿Qué me falta? Una dosis de locura. Una incertidumbre, un cansancio auténtico, un dolor a fondo. La serenidad, el vacío, una risa que sea una canción y un lamentable aullido. Tener aquí a la mujer que por ser mía es inasible, inalcanzable, incomprensible. La cercanía de la muerte, y la sabiduría que siempre llega demasiado tarde (igual que yo). Una canción que me haga llorar, aunque tenga que avergonzarme. Sí: la paz. Me hace falta la paz. Encender una hoguera interna, caliente y soberana, luminosa. Bailar a su alrededor hasta caer agotado, olvidarme del mundo. Bailar al ritmo de una música que no puede hacer ningún ser humano. Y la promesa de trascender. Extraño la promesa de transcender, bálsamo oloroso para el corazón. Añoro el tiempo en el que yo era eterno.

¿Qué me falta? Una dosis de tiempo. Volver a sentir en mi cuerpo el frío de una cota de malla y el peso de la espada. Volver a creer en el de alma grande y caminar incondicionalmente hasta el mar. Volver a orinarme frente a un pelotón de fusilamiento. Volver a tallar una Venus, inmensamente gorda e inmensamente fértil, sin preguntarme sobre las causas. Volver, obediente, a clavar a un judío en una cruz. Volver a ser clavado boca abajo a otra cruz. Volver a volar un aeroplano en Kitty Hawk, o asesinar de nuevo al archiduque. Pero mi tiempo es mío, y por lo tanto no lo es. Lo mío está en otra parte. Viajo entre América y Europa en un cómodo avión, cómodamente sentado, cómodamente leyendo, cómodamente bebiendo un whiskey o cómodamente rasćandome un testículo. Eso no es una conquista, ni una huida. Es un viaje; es decir, es una permanencia. Es desplazarse sin salir de casa. Es comprar 250 g de conquista en la tienda de la esquina. Es sentirse poderoso al salir del cine, es sentirse armónico y melodioso al salir de un concierto. Es robar el mérito a los verdaderos ladrones: los que arrancan a la vida trozos de significado, con los puros dientes. Es poner carita lastimera, indigente como soy de la historia.

¿Qué me falta? Que alguien vierta veneno en mi oído, o me apuñale en una bañera. Correr desnudo y de noche por el bosque, perseguido por los lobos. Que algo me haga falta. Y saber con certeza qué es. O decidirlo: ¿quién sabe? ¿Quién?

León, España. Diciembre diecisiete, dos mil seis.

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