Milagros

Tiempo de milagros. El tiempo de hacer milagros ha llegado.

Es tiempo de inventar un continente, ponerle nombre, ir a conquistarlo. Es momento de llevar regalitos a los nativos (¿de qué color los haremos?) y enseñarles la verdad de la fe.

Hoy toca aumentar el panteón. Crearemos un dios, lo nombraremos con un nombre hermoso y lo declararemos dios de todo lo que no tenga un dios. Y su primer profeta en la Tierra será (o habrá sido) Bertrand Russell.

Para entretenernos, hoy pasaremos toda el agua del Atlántico al Pacífico, y viceversa. Usaremos seis vasitos desechables de papel para la labor. O subiremos a patear las estrellas, para que junto con el polvo caigan algunos ángeles. Los raparemos, y con el cabello haremos bocaditos.

Acabo de decidir que soy inmortal, y que lo seré mientras viva. Al mismo tiempo, Thom Yorke me dedica una canción llamada «go to sleep (little man being erased)». Mr. Yorke ya adivinó mis intenciones, ya sabe a dónde me dirijo, y trata de evitarlo. El pobrecillo está, sin embargo, en una posición débil. Parece que no se ha dado cuenta de que yo soy quien tiene el control remoto. Él puede, con su música, tocarme el alma; puede, con su voz, conducir el hilo de mi pensamiento. Pero yo puedo, con sólo pulsar un botón, acallarlo por completo. Es el poder más absoluto, el más humano: el poder de la destrucción. ¿Quién es más poderoso? ¿Verdad que yo?

Estoy cansándome de los milagros sin sentido. Es tiempo de hacer algunos milagros útiles. Comencemos con algo realmente prodigioso; comencemos con algo cuya imposibilidad destruida gane adeptos para la religión que pienso inventar. Vamos a crear un ángel a partir de la nada (o casi nada). Un ángel incorpóreo, por supuesto, hecho de amor solidificado y vuelto carne. Y para redondear el prodigio, haremos que el ángel sea amoroso. Y su nombre será Sofía, y a partir de hoy será quien ilumine mi vida. Este ángel será fuente de significación. Sí: Sofía será su nombre y su destino.

¿Y después? Buscaremos replicar el milagro, y fallaremos. O mejor aún: sin buscar replicar el milagro, lo lograremos. Crearemos otro ángel. Veamos: uno que sea capaz de patearme las pelotas, abrazarme una pierna, invitarme una cerveza, cargarme a cuestas cuando caiga yo herido y arrojar sin llorar un puño de tierra sobre mi cadáver. Será un ángel polifacético, y estará hecho de voluntad. A éste lo nombraremos Bruno, y será quien otorgue rumbo a mis últimos días (que comienzan hoy, por cierto). Será el timonel, el kubernetos.

León, España. Diecisiete de diciembre de dos mil seis.

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