Padre Tiempo

Padre Tiempo: te ofrezco mi ruina, mi decencia, mi cuerpo maltrecho. Escancio a tu salud mis humores, servidos en mi propio cráneo. Mi libertad inexistente es toda para ti, mi dolor de espalda y mis ojos irritados. Te entrego mis miedos, múltiples y potentes. Anda, llévatelos, pues ya no los necesito. Estoy colocando a tus pies, humildemente, sobre mi propia piel, mis órganos: para que elijas los que te apetezca devorar hoy.

Pronuncio lentamente las seis letras de tu nombre, usando el agua de mi boca sedienta, mi fango interior, mi virtud, mi esclavitud y fantasía. Mi cabeza lisa por ambas caras, cansada de ser un yunque sin martillo, un martillo sin clavo, un clavo sin madero, un madero sin cristo, un cristo sin audiencia, una audiencia sin mago, un mago sin chistera, una chistera sin conejo, un conejo sin zanahoria… Mi cabeza, lisa por ambas caras, sí: agujero negro cuyo horizonte de eventos nos impide saber si estoy vivo todavía, si por dentro tengo un gran vacío o aire a presión, si soy genial o un completo imbécil. Y digo «nos», orgulloso de mi humildad, la gran puta. De lo que siento busco arrancar la inefabilidad, aunque en ello pierda las uñas, los dedos, las manos.

He abierto antes de lo debido el regalo que me hiciste, padre Tiempo. Camino por la calle con elegancia. Bebo tinto en vaso, mastico salchichón y queso de oveja. Me anudo la corbata con un nudo sencillo. Llevo euros en la cartera y me siento relativamente seguro, lejos como estoy de los gringos. Pero en mi corazón no he dejado de ser un vulgar turista. Leo sobre la guerra civil, pero me pregunto si habría sido yo capaz de enfrentar al enemigo con un fusil en las manos, o mejor aún: sin él. Con frío, con hambre, con dudas. ¿Hubiera puesto yo a mis hijos en un barco, rumbo a las Américas, o a donde fuera, con el corazón encogido por la certeza de no volver a verlos (como has hecho tú tantas y tantas veces, maldito seas)? ¿Hubiera tenido los cojones para ponerme a escribir, para seguir haciéndolo? ¿Para dejar de hacerlo? ¿Hubiera podido escribir con los pulmones hasta perderlos, como Miguel Hernández (toda proporción guardada)? ¿Hubiera podido compadecerme de mis verdugos, como Federico García? ¿Hubiera sido consciente de mi momento histórico, o un espectador arrastrado por los acontecimientos? ¿Hubiera sido un gran hombre, o sería yo mismo?

Practico mi acento. Practico también mis modismos, mi manera de esgrimir y arrojar burlonamente las ces y las zetas, convirtiéndome en un engendro ilocalizable. Me integro poco a poco, o bien me impongo, haciendo de los hispanos las víctimas de mi presencia, hasta que se vuelvan ciegos a mí, sordos a mí. Me pongo una boina en la cabeza, pero mi corazón sigue latiendo al ritmo latinoamericano que le imponen sus larguísimas raíces: no he dejado de ser un vulgar inmigrante. Leo sobre el gran godo Pelayo y presencio en silencio su coronación, en una pequeña capilla escondida en la bucólica cordillera cantábrica. Y me pregunto si hubiera podido yo seguirlo, con un puñado de bravos, a la imposible misión de reconquistar los reinos de manos de los árabes. Es cierto que esos paisajes son el escenario ideal para cualquier gesta heroica: se puede sentir la presencia de los dioses; pero ¿hubiera sido eso preferible a la pacífica alternativa? ¿Existía tal? ¿O es que tales dudas simplemente no tendrían lugar?

Mi México querido también tiene sus guerras. Como siempre, para los poderosos los pobres no son mexicanos, ¡pero qué útiles son, los canijos! Como siempre, los poderosos poseen el monopolio de la inteligencia y de la historia. Pero la distancia, ¡oh, la distancia! ¿qué sería de la perspectiva sin ella? La distancia me entrega en una argentina bandeja la nueva visión de los vencidos. ¿Por qué no me embarqué en esa guerra mientras estaba allá? ¿Por qué no me arranqué la ropa, como San Francisco, para seguir un llamado? En resumen: porque no hubo tal llamado. Porque tantos árboles me impedían ver el bosque, como dicen los silvestres. Porque para estar entre los defensores hay que tener armadura, caballo, espada, lanza… y todas esas costas cuestan. Porque al primero en salir al frente le toca la única bala. La maravillosa maestría de los poderosos estriba en mantener un delicado equilibrio: estar eternamente al borde de la revolución. Cuidado, señores del privilegio: ya casi se cumplen los reglamentarios cien años.

Salgo a un bar del húmedo. Pido un Bierzo y lo bebo poco a poco, intercalando los tragos entre las mordidas que le asesto a mi breve tapa. La gente a mi alrededor quizá no disfruta de la aglomeración, del contacto, pero al menos es seguro que no se molesta al respecto. Trato de emularlos, no sin alguna dificultad. Subo mi delicado pie al estribo, recargo mi delicado codo sobre la barra. La gente fuma, yo fumo en consecuencia lo que ellos exhalan. La gente grita, yo enmudezco en consecuencia. La gente se ausenta mientras permanece, yo irrumpo en sus hogares mientras no están. Bebo de sus venas, como de sus sesos. Reposo instalado sobre sus turcas sillas, yo los fumo a ellos sin intervención de mis alveolos. Pero a mi propia historia no la he de erradicar, a riesgo de perder el nombre y la perspectiva. Mi historia es de treinta y siente años de mexicanidad, y eso es bueno. Leo sobre Rodrigo, y puedo verlo, desamparado pero autosuficiente a la muerte de Sancho. Me pregunto si mi corcel se hubiera llamado «Babieca», o si hubiera aceptado otro, el recomendado por los hombres que saben de caballos. Me pregunto si mi espada se hubiera llamado «Tizona», o si hubiera sido para mí, simplemente, una espada más. Me pregunto si -llegado el momento- me hubiera vuelto mercenario a sueldo de los árabes, o si hubiera inventado una moral externa y ajena, entregando mi lealtad y mi vida a los cristianos. Pero de haber estado ahí… no estaría aquí. ¿Cierto?

Así pues, pregunto: ¿cuál es mi momento? ¿Cómo se conforma y cuál es mi papel en él? ¿Tengo elección? Y perdón usar un lugar tan común que ha dejado de serlo: ¿existe el destino? ¿Es importante saberlo? ¿Es importante saber algo, cualquier cosa, lo que sea, carajo?

Padre Tiempo: arrúllame al compás de las olas del mar. Cobíjame con hojas de otoño. Sopla en mi nuca y en mis rodillas el mismo viento frío con que infundes paz en el corazón de los griegos, encaramados en las Termópilas. Acalla con tu eterno silencio mi grito desgarrador: deja que salga mi último aliento, mi última lágrima, mi última gota de sangre derramada, coagulando ante mis propios ojos. Y luego nada: luego el frío, el silencio. Luego, de repente, todo tendrá sentido nuevamente. Y será como si nunca lo hubiera perdido.

León, España. Diciembre dieciocho, dos mil seis.

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