Arrepentimiento

Le he ofrecido a mi buena amiga Martha escribir sobre el arrepentimiento. Ahora estoy frente a la hoja y me arrepiento de haberlo hecho, pues nada se me ocurre. Pero veamos: parece que esa es justamente la hebra de la madeja.

¿Qué es? ¿De qué se trata? ¿Con qué se come? ¿Por qué es importante? Porque es un atentado contra el propio ego. Es la primera manifestación de decepción. El camino del arrepentimiento siempre conduce a un uno mismo más pobre, más estúpido, más ilegítimo: más imperfecto, de alguna manera. No es el error puro y duro, que procede de una decisión mal tomada. No es el fracaso, que con una capa entérica se puede tragar y es alimenticio. ¿El arrepentimiento más puro? El que se deriva de dañar a los seres amados. ¿O es de decepcionarlos? Mágico, maravilloso espejo éste, que permite una visión tan cercana y clara del propio esqueleto ético. ¿Pero es real mi interpretación?

Dicen algunos sabios del quehacer cotidiano que no debe uno arrepentirse, nunca, de nada. Que la vida es una, que la intención es lo que cuenta, que las buenas obras valen como tales en cuanto se emprenden. Dicen otros sabios que no debe uno caer en la tentación del arrepentimiento por lo impráctico de su carácter. Dicen, y me parece que algo de razón llevan al hacerlo, que la energía que uno ocupa en arrepentirse podría aplicarse a tratar de corregir el entuerto o, en todo caso, a tratar de huir con rumbo a un siguiente intento.

Digo yo, sin embargo y atrevidamente, que el arrepentimiento es un ingrediente importante en la mezcla que une entre sí a los ladrillos de la estructura moral. Parece que si uno no se arrepiente entonces podrá dormir tranquilo, proseguir en una lucha personal más eficientemente, sufrir menos. Pero dormir a pierna suelta es inhumano. Esquivar la angustia, volverse grandes maestros de la indulgencia, mantener seca la almohada por consigna, son síntomas de un mal de evasión. Digo yo, trepado en mi atrevimiento, que esquivar los golpes del arrepentimiento es como mantener un retrato de uno mismo en el armario, envejeciendo. O es como dejar pasar una oportunidad de reconocerse, para lo que tal cosa valga.

Reconozco dos formas de enfrentar la lucha con el propio pasado. El combate y la huida. El combate sin duda cobrará su cuota, y elevada. Cicatrices y amputaciones, recuerdos amargos. Miedo. Mucho, muchísimo miedo. La huida es la forma preferible para los epicúreos, sin duda, pero es improbable que esa huida pueda prolongarse indefinidamente.

No es cuestión, desde luego, de coger un látigo o un cilio y aplicarse a la autoredención a través del sufrimiento. Como si no fuera sufrimiento suficiente el arrepentirse de algo, como si el arrepentimiento no fuera un indicio de un cambio en uno mismo, de un crecimiento. Sufrir para otros es inútil o, cuando menos, muy poco fructífero. Es cuestión, en todo caso, de arrepentirse dignamente, de sufrir, de aprender a llevar dignamente la cojera espiritual.

¿Quién merece la indulgencia? ¿Cuál es el toro al que se indulta? ¿Qué gladiador, aún vencido, habrá de seguir combatiendo? ¿Quién es digno de indultar, y quién de ser indultado? ¿Quién es el «auténtico» cuya autenticidad le ha de ahorrar el sufrimiento? Sin duda yo no.

Una personalísima reflexión, dedicada con cariño a Marthiux. León, España. Veinticinco de diciembre de dos mil seis.

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