Uno, dos, tres, cuatro: ¡labadodada!

Yo (susurrando al oído de Bruno): Uno, dos, tres, cuatro: ¡labadodada!

Brunito: ¡No digas eso!

Yo: ¿Pero por qué? ¡Si a ti te encanta esa frase, tú la inventaste!

Brunito (entre risotadas): Uno, dos, tres, cuatro: ¡labadodada!

Esa frase es un absurdo que se ha «institucionalizado» dentro de la familia. La ha inventado Brunito, y no tenemos la menor idea de dónde la sacó, qué significa o por qué le gusta tanto. Pero cuando está contento es común que llegue diciendo: «uno, dos, tres cuatro: ¡labadodada!».

Esa y otras ocurrencias tienen una naturaleza atesorable. Absurda a priori, pero que adquieren su significación a base del uso, de los contextos de su uso. Ahora, decir esa frase y algunas otras me permite abrir un canal de comunicaciones con él. Es una suerte de contraseña, de complicidad. Un pasaporte a su risa mágica. Un pretexto para cargarlo y besuquearlo hasta que me dice «¡basta, no me beses más!».

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