La batalla cotidiana

Cada noche preparo la batalla. Religiosamente, con método y sistema, repaso mi estrategia, elaboro mi táctica y afilo mis aceros. Paso revista, cuento mis efectivos. Estudio el campo y defino mis trincheras.

Cada noche sé que ganaré la batalla, porque tanto análisis no puede rendir más fruto que la victoria. Me regocijo, orgulloso de mis capacidades, de mi experiencia guerrera, de mis métodos de inteligencia y contrainteligencia. Distribuyo la muerte, saboreo la paz.

Cada noche sueño con las páginas de la historia que llevarán mi nombre; me preparo a trocar el pecado en licencia, el crimen en necesidad, la crueldad en deber. Me sé superior a mi propia situación. Escritor de odas con sanguínea tinta.

Pero cada mañana llegas tú, y de un soplido desbaratas mi mundo. Eres un ángel combatiente: puro a la vez que mortal, certero y muy potente. Invencible, no tienes qué sacar la espada.

Así, mi batalla jamás ha comenzado. No es contra ti, no es contigo: mi batalla es, cada día, contra mí mismo. Cada mañana aprendo lo mismo, una y otra vez, y cada mañana me sorprendo igual.

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