Cae nieve

Es ligera, blanca, pura. Insabora. Fría y encantadora. A base de su ligereza reiterada se acumula pesadamente sobre los autos, los árboles y la gente. Como hace un año, la primavera trajo consigo la nevada consoladora que el invierno fue incapaz de regalarnos.

La una de la mañana. Casi las dos de la mañana. Yo estoy asomado a la ventana, mirando con fascinación cómo los copos traicionan al viento mostrando sus caprichosas evoluciones. La luz macilenta de las farolas se torna mágica al desvelar los despropósitos de un fenómeno que hubiera pasado inadvertido de no ser por la casualidad de mi vigilia.

Nieva, sí: y yo miro la nevada desde casa, caliente, seguro. Al abrigo de una ventana doble, sé que en cuanto lo desee podré bajar nuevamente la persiana, e introducirme en mi cálido lecho. Es la más falsa de las nevadas, tardía y breve, y aún hermosa. Y yo soy el más falso de sus espectadores. Pero aún así la disfruto. Somos tal para cual.

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