Resistencia

Pues bien: ¿por qué te resistes? ¿A qué temes?

Las eras hablan a través de los signos manifiestos. La inmanencia, lo trascendente, el destino, que es la fuente de todo lo que ha ocurrido desde el principio. El tiempo, tras desnudarse ante tus ojos, se ha puesto su traje gris.
Las gotas resbalan casi horizontales, del otro lado de la ventanilla. De cuando en cuando, el breve rugido de un poste al pasar. La uniformidad de la potente maquinaria que nos transporta me obliga a sopesar mi postura, a volver a sentirme débil y pequeño.
La noche está aquí, es sólo que sigue siendo de día. Las nubes más cercanas al horizonte, hacia el Noroeste, son blancas, tienen por dentro una refulgencia que se antoja mágica. Hacia el Norte se adivina una tormenta, hermana de la que acabamos de dejar atrás.

¿Por qué te resistes? Está escrita tu herida, es imposible de curar. Y está escrito que por esa herida sangrarás, pero no sangre. Tinta. Quieres engañarte, creer que el dolor es ajeno, o es lejano. Pero sabes, con el corazón, que tú eres el dolor, y que el dolor es tuyo, y eres tú mismo. Gritas y lloras con parsimonia. Te desgarras en las entrañas, acomodando lentamente una letra detrás de otra, detrás de otra, volviendo sobre tus pasos y cambiando comas (que son débiles), tildes, o mutando palabras para que cada una sea conforme con su enigmático destino dentro de una oración.

El cielo triste, agonizante, lloroso, se rinde: míralo, exangüe y hasta cobarde; son ahora los campos los que regalan la luz. Campos verdes, casi fosforescentes, aprovechándose de la coyuntura para relucir y envanecerse. Campos amarillos, de potencia cromática indudable, dándose el lujo de permitir el vislumbrar de la mismísima tierra, con explosiones de amapolas aquí y allá. Y en lontananza campos azules, sí: azules en las colinas y en la base de las montañas. Todos los colores están en rebelión, abusando del repentino poder que les da la momentánea debilidad celeste.

Y tú, ¿quién eres? ¿Qué te has creído, que te sientes dueño de ti mismo? ¿Acaso crees que eres para ti? ¿O que eres por ti? Nada de eso, comprende de una vez. Eres un vehículo. Eres una máquina de humanidad. Tu destino existe, y es sólo en tu inocencia estúpida que lo quieres aniquilar. Eres patético: como un pisador de uvas orgulloso por pisar lo que otros comen; o como un cocinero que espera gratitud. Necesitas un ego para hacer tu trabajo. Necesitas una conciencia. Necesitas una inteligencia. Pero tú no eres tu ego, por mucho que te cueste entenderlo. No eres tu conciencia, por extraño que te parezca. Y por supuesto no eres tu inteligencia. El ego y la inteligencia son substancias que por separado funcionan bien, pero que al juntarse reaccionan aniquilándose mutuamente. Así que no seas egoísta y mantenlas separadas. Así que no seas estúpido y mantenlas separadas. Así que no seas lo que siempre has sido, como siempre has sido, aprende algo de una puta vez y mantenlas separadas. Haz tu trabajo. Y no esperes recompensa, pues tu trabajo es sangrar, sufrir, dolerte. Tu trabajo es gemir y gritar, pero con precisión quirúrgica, y luego callar.

Este extraño tubo, largo y poderoso, perfora el tiempo. Se hunde de lleno en un bosque de amenazantes árboles, ansiosos por engullirlo, salvándose en el último instante, cada instante, escapando sobre sus rieles. Y voy yo dentro: soy la memoria del tren. Soy el tren. En realidad, soy un pequeño parásito en su inmensa barriga. Soy el parásito del carro seis, asiento 211. Asiento 212, también, porque mi compañero parásito ha decidido dejar su cuerpo en otra parte, y su lugar es un poco más cómodo. Así que el acto maravilloso de perforar el tiempo así funciona: me introduzco en el tren, me dispongo a esperar. Espero, y cuando termino de hacerlo ha ocurrido el milagro: estoy en otro lugar, y en otro momento.

¿Aún estás aquí? No dejas de sorprenderme. Creí que habrías renunciado, que te habrías resistido, como es habitual en ti. Has buscado decepcionarme, y todavía no lo has conseguido. Te esfuerzas, lo sé, pero esta vez tu tiempo, tu futuro en confabulación con tu pasado, han elegido no insinuar crípticos mensajes a tu oído; ya lo ves, ya lo puedes escuchar: esta vez tu tiempo está tirando de tu psique, adueñándose de ella. Esta vez no habrás de «escaquearte», porque te tienen cogido de lo más íntimo. Y lo más íntimo no son tus genitales, idiota.

Es de noche ya cuando el tren relaja su marcha para entrar en la ciudad de Valladolid. Unos minutos en la estación me bastan para comprender que no soy el único ente patético a bordo: pasajeros apiñados en las puertas, sin atreverse a bajar pero sin resistirse a fumar. A toda prisa sacan el cigarrillo que tenían preparado y el «mechero». Y a toda prisa también dan tantas fumadas como pueden, absteniéndose de conversar para no desperdiciar los valiosos segundos, para no perder ni una sola de las inhalaciones potenciales. ¡Oh, qué lamentable escena! Pero he de consolarme en el increíble espectáculo que tengo ahora a mi izquierda, hacia el poniente. El Sol no se ha posado con suavidad en el horizonte: se ha estrellado contra él. Y ha salpicado de una luz que se me antoja angélica a las nubes que cruzaban por ese punto preciso el cielo en ese instante. Las nubes mutiladas, abigarradas, violadas, son incapaces ahora de cubrir por completo el majestuoso tono azul tras ellas. Agujeros largos y estrechos, como heridas, permiten descubrir el valioso tesoro que las nubes guardaban para sí mismas: un cielo tan hermoso que mirarlo embelesa al insensible. Pero no: no son heridas. No hay sangre, ni pus. No hay dolor, no hay persecución. No hay miedo. Lo que hay es una atracción hipnótica, irresistible e inefable salvo por estos lamentables intentos. El firmamento está exhibiéndose, impúdico. Estoy mirando la vagina del firmamento, y en su interior estoy distinguiendo el tono de la eternidad.

Sigue probando, pequeño, a ser lo que no eres. Veremos cuánto duras, aunque sé ya que no será mucho. Te debes a otros, y no se te permitirá la libertad. Jamás.

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  1. #1 by your father on May 24, 2008 - 14:26

    your words are shit

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