Un día especial

Tradicionalmente hoy, 23 de junio, es un día especial en este lugar en el que vivo. Es la festividad de San Juan.

Antiguamente, en esta fecha (o muy cercanamente) se celebraba el solsticio de Verano. No hace falta, por supuesto, que yo elabore sobre la importancia que puede tener un día como tal en las costumbres, tradiciones y creencias de un pueblo.

No es exactamente el día más largo del año (el solsticio ocurrió justo ayer), ¡pero es quizá el más mierda! Y digo «quizá» porque Satanás siempre se reserva el derecho de sorprendernos, y lo ejerce de vez en cuando.

Todavía, sin embargo, pueden verse aquí y alla rastros del antiguo carácter pagano de estas celebraciones.

A mitad del recorrido que va de la plaza de toros al Hostal de San Marcos, por ejemplo, se halla la «Glorieta de Guzmán el Bueno». En ella toma lugar una representación que simplemente no puede ser cristiana: la «quema de San Juan».

Lo especial del caso, me parece, es la transparencia con que es aceptada en la mente de los lugareños la convivencia de los ritos católicos con los de otras, diversas, procedencias.

Un ejemplo clarísimo de una síntesis semejante (conceptualmente), si bien más claramente sincrética, es la práctica del vudú: elementos cristianos amalgamados con una cosmogonía importada de África, sin proclama de conflicto en las mentes de los creyentes.

Sorprendente, sin duda. O quizá lo sorprendente sería, para ser más rico en los juicios, que fuera de otra manera. ¿Qué experiencia mística, o al menos tradicional, no es la fusión de culturas que sólo en apariencia son incompatibles? ¿Qué tiene que ocurrir para que dos sistemas de creencias sean realmente incompatibles?

Ignoro la respuesta, aunque a manera de experimentación sociológica alguna aproximación a dicha pregunta me gustaría ver.

Sobre el tema, quizá los más avezados podrán señalar pueblos, poblaciones o influencias que, por razones históricas, no se han visto envueltos en mezcolanzas de esta índole. Pienso básicamente en grupos humanos reducidos y aislados del entorno comunicativo (antropológicamente hablando) característico de Occidente: tribus en el corazón africano, o en el desierto Subsahariano. Quizá la tundra septentrional de Mongolia.

Durante mucho tiempo creí en la universalidad de los criterios de juicio de la sociedad que me contenía, he de confesarlo. Mirar los documentales sobre lugares realmente lejanos, en más de un sentido, se me antojaba francamente irreal.

Entonces llegó el momento de conocer un poco más allá de la punta de mi nariz y, aunque sigo siendo un ratón encerrado, esta vez en el hemisferio norte y en el hemisferio occidental, al menos me ha bastado para perder toda la confianza que tenía en mis propios juicios de valor cultural.

A qué me ha llevado la observación de estos rasgos culturales hispánicos es, francamente, motivo de regocijo. Me gusta este pueblo. Me gusta esta gente. No por completo, pero en general el balance sale positivo. Y me gusta reconocer tantos elementos de mi propia cultura, la que hube de mamar, en gente (anciana, hay que decirlo), a tantos y tantos y tantos kilómetros de distancia.

Donde hay gente, hay cultura, comunicación, tradición, conocimiento, sabiduría. Es clave, fundamental, importantísimo, mantener esa mentalidad. A veces lo olvido, de lo integrado que ya me siento a este pueblo español. Días como hoy me lo recuerdan.

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