Observando en Madrid

Madrid. Chamartín. Tiempo, mucho tiempo. Mucha, mucha gente. Cansancio, por todas partes, el mío y el de los demás. Banco de tiempo en el que todos pierden, hay los que tienen demasiado y lo tienen que matar, y los que corren, porque el tren los deja atrás.

Y yo observo.

Cuando tengo tiempo, y una extraña circunstancia, observo. Normalmente observo con renuncia, no soy yo: no soy Bruno, no soy hombre. No soy viejo, ni joven. Ni estoy ahí. Ni existo. Observo.

Hoy también observo, pero un poco más. Hoy me observo, mas no solo busco rasgos: hoy me observo observar. Y no con particularidad, simplemente sin exclusión. No soy eje de ninguna órbita, ni corazón de ningún cuerpo, pero me sé presente. Me observo también ser observado, y a mis observadores.

Reconozco por fin el motivo de mi extrañeza. Busco mis propios rasgos -de observación- en otros. Ahora que formo parte de la escena me pregunto: ¿dónde están los otros como yo? Porque todos los que veo son observables, ensimismados y auténticos. «Mind you own business», dicen los gringos. Y todos hacen eso: buscan su vida, siguen su vida, hacen su vida. Y la hacen tan bien, tan contenida y funcional, que sus fronteras no son porosas. Es gente en interacción, pero solo la directamente social. Y yo hago la mía, por supuesto. Pero la mía es la de los otros, y viceversa.

observando en madrid

Como antes, ahora digo: la extrañeza circunstancial no debe ignorarse. Tener que gastar cuatro horas en una estación de tren incentiva, sin duda, la observación. ¿O no? ¿O es, acaso, que lo que se incentiva es la escritura? No, porque el sabor de la sorpresa está presente en mi lengua, a cada instante. Sí, porque el sabor de la sorpresa es mi viejo amigo. La sensación de mirar y descubrir (¿inventar?) es una vieja conocida mía, pero siempre nueva. Paradójica.

La reconciliación de los polos conceptuales es una sorpresa. Bienvenida. Lo que es plano, por plano, en todos los profundos niveles de su planicie, es una sorpresa. Bienvenida. La búsqueda de una empatía en desconocidos, tras diez hinchados segundos de mirarlos, a la distancia, también sorprende. A veces por la impenetrabilidad de los sujetos, a veces por lo opuesto. Pero frecuentemente sorprende. Bienvenida.

¿Por qué nos conducimos como lo hacemos? En una determinada situación, diversas personas se comportan de diversas maneras. Algunos son amables, otros son cautelosos. Otros son rudos, o francamente groseros. ¿Es acaso el amor al propio modelo? ¿O es la ausencia de alternativas? ¿Es una decisión, en todo caso? ¿Somos arquitectos de nuestra personalidad, o sus víctimas?

Mi sorpresa, mi amiga sorpresa, se quiere suicidar. Busca las respuestas, aún sabiendo que encontrarlas es vaciar el recipiente de la magia.

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